jueves, 31 de marzo de 2011

La función del arte.

Diego no conocía la mar. El padre, Santiago Kovadloff, lo llevó a descubrirla.
Viajaron al sur. Ella (la mar) estaba más allá de los altos médanos, esperando.
Cuando el niño y su padre alcanzaron, por fin, aquellas cumbres de arena, después de mucho camimar, la mar estalló en sus ojos. Y fue tanta la hermosura de la mar, y tanto su fulgor, que el niño quedó mudo de hermosura.

Y cuando, por fin, consiguió hablar, temblando, tartamudeando, pidió a su padre:
-Ayúdame a mirar!



Táctica y estrategia.

Mi táctica es mirarte:
aprender como sos
quererte como sos.

Mi táctica es hablarte
y escucharte.
Construir con palabras
un puente indestructible.

Mi táctica es quedarme en
tu recuerdo, no sé cómo ni sé
con qué pretexto,
pero quedarme en vos.

Mi táctica es ser franco
y saber que sos franca,
y que no nos vendamos
simulacros.
Para que entre los dos
no haya telón ni abismos.

Mi estrategia es, en cambio,
más profunda y más simple.

Mi estrategia es
que un día cualquiera,
no sé cómo ni sé
con qué pretexto,
por fin me necesites.

De lágrimas somos.


Antes de que Egipto fuera Egipto, el sol creó el cielo y las aves que lo vuelan; y creó el río Nilo y los peces que lo andan; y dio vida verde a sus negras orillas, que se poblaron de plantas y de animales. Entonces el sol, el hacedor de la vida, se sentó a contemplar su obra. El sol sintió la profunda respiración del mundo recién nacido, que se abría ante sus ojos, y escuchó sus primeras voces. Tanta hermosura dolía. Las lágrimas del sol cayeron en tierra, y se hicieron barro. Y ese barro se hizo gente.

miércoles, 30 de marzo de 2011

La pequeña muerte.




No nos da risa el amor cuando llega a lo más hondo de su viaje, a lo más alto de su vuelo: en lo más hondo, en lo más alto, nos arranca gemidos y quejidos, voces del dolor, aunque sea jubiloso dolor, lo que pensándolo bien no tiene nada de raro, porque nacer es una alegría que duele. Pequeña muerte, llaman en Francia a la culminación del abrazo, que rompiéndonos nos junta y perdiéndonos nos encuentra y acabándonos nos empieza. Pequeña muerte,
la llaman; pero grande, muy grande ha de ser, si matándonos nos nace.